Lisboa dos meus amores

Son muchos los recuerdos que llegaron a mi cabeza en cuanto aterrizamos en Lisboa. Ciudad romántica por excelencia donde el sol nunca baja la guardia y se presenta como un regalo día tras día. Puedo considerarme afortunada por haber tenido el privilegio de disfrutar su aroma durante casi un año allá por el 2007.

Cuando salimos por la puerta del aeropuerto, los momentos vividos en la ciudad (y que hasta el momento permanecían en stand-by en el algún lugar de mi cerebro) brotaron uno por uno dibujándome una sonrisa de satisfacción en la cara. Por otro lado me fascinaba la idea de poder compartir esos recuerdos y mis rincones preferidos de la ciudad con Ariel y con mi hermano que estaba a punto de llegar para encontrarnos después de unos cuantos meses sin vernos.

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En cuanto salimos de la boca del metro, nos encontramos con una postal ante nuestros ojos: los primeros rayos de sol de la mañana rebotaban en los típicos edificios, ornamentados con azulejos en la Praça da Figueira, las gaviotas revoloteaban ruidosas por todos lados y a lo alto se dejaba ver O Castelo de Sao Jorge luciendo en su extraordinaria ubicación. Fue realmente como una caricia a los sentidos, ya que la primera imagen que se ve de un lugar, marca de forma especial las impresiones que quedarán en nuestra memoria a lo largo del tiempo. Me sentí feliz porque fuese la carta de presentación de Lisboa para Ariel, pues por algún motivo, quería que se enamorase de esta ciudad al mismo nivel que yo.

LISBOA HUMANA

Esta ciudad y su gente me recibieron con mucho calor y amabilidad, cuando con apenas veintiún años cumplidos me despedí de mi tierra natal para irme al extranjero. ¡Lisboa hizo que sintiera que vivir fuera de mi zona de confort era maravilloso! Me sentí cómoda desde el primer minuto que la pisé y alguna que otra dificultad como no conocer el idioma, mi inexperiencia a la hora de arreglármelas completamente sola y sobre todo ¡al tamaño de una urbe con metro! Un mundo de nuevas sensaciones en el cual no me he sentido desprotegida jamás.

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Lisboa es una ciudad multicultural, con especial presencia de excolonias portuguesas como Brasil, Angola, Cabo Verde o Mozambique, siendo característica principal de su diversidad: la amabilidad. Mi primer prejuicio ante el hecho de vivir en una ciudad tan grande (respecto a lo que yo estaba acostumbrada) era sobre el individualismo o de esa frialdad de ‘nadie conoce a nadie’. Me imaginaba que todo el mundo tendría prisa y que no sería tan fácil pararse a hablar con alguien en la calle. Me equivoqué. Me equivoqué en eso y en muchas otras cosas en Lisboa y en tantos otros sitios. Las personas mantienen afortunadamente una forma de ser más similar a la de un pueblo o pequeña ciudad que a la de una capital. No podré olvidar cuando dos días después de mi llegada y perdida con un mapa en la mano, me animé a preguntar a una señora por una calle con mi casi nulo portugués y ella dio la vuelta para acompañarme hasta el lugar que estaba buscando. Todo el mundo tiene la predisposición de ayudar a quien se lo pida y comenzar una conversación con cualquiera resultó ser el pan de cada día.

Me sorprendió de manera significativa el conocimiento que tiene la gente de España en comparación a lo que ocurre al revés. En Portugal es habitual encontrar gente que entienda español y es muy fácil comenzar charlas sobre temas políticos o culturales sobre nuestro Estado. Además de esto, tienen un vasto conocimiento de otros idiomas –especialmente inglés y francés- que nos dejaba celosamente en desventaja a los españoles que estábamos estudiando en sus universidades. Fue en Lisboa cuando me sumergí en charlas antropológicas por primera vez  y el bicho viajero empezó a recorrerme de una manera más insistente que en años anteriores… Toda la gente que me crucé en ese año marcó un antes y un después en mi vida. ¡Despegué hacia el mundo!

LISBOA BOHEMIA

Como ocurre con muchas grandes ciudades, son muchas ciudades dentro de una sola… pero en todo Lisboa hay un mismo denominador común: la decadencia con estilo. Creo que hay pocas urbes a las que les quede armónica una arquitectura deteriorada.  El centro es un laberinto de callejones con sus típicos empedrados y calles principales en la cuales se dibujan mosaicos. Si bien no es lo más adecuado para caminar especialmente si está mojado, hay que reconocer que le ofrece una magia a la zona antigua que arruinaría por completo el cemento.

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Todo está teñido de un color amarillo, fundamentalmente debido a los rayos de sol que lo inundan todo aunque también por los adoquines, el color de los edificios y los tranvías. Si bien estos últimos son los íconos de la ciudad por su estética y antigüedad, corroboro su necesidad para la movilidad en el centro, ya que las cuestas son inalcanzables para cualquiera que no esté en forma y es difícil que puedan acceder a estas zonas los autobuses por su angostura.

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Pero definitivamente, si hay algo que no se puede dejar de mencionar es la saudade tan propia de la cultura lusa. Si bien es una palabra que se podría traducir por nostalgia, pienso firmemente que no es una traducción para nada exacta. El sentimiento melancólico de saudade es pura simbología lingüística y abarca identidad nacional, filosofía, literatura, música… Si existe una forma de transmitir este concepto, podría ser el fado el que más se aproxima. Este estilo musical típico de Portugal expresa de forma contundente las pequeñas historias del día a día, con especial atención a los malos momentos y al fatalismo. Independientemente de que una se sienta o no atraída por este género, es inevitable que le produzca un sinfín de sensacionales al escucharlo en vivo. Es el alma de Portugal y por ello lo aplaudo.

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Finalmente, no sabría decir si he podido transmitir todo este sentimiento a mis acompañantes, o al final me los he quedado dentro de mí y me he limitado a explicar partes de la historia en algún que otro punto emblemático de la ciudad. En todo caso, siempre quedan estos apuntes como para completar todo aquello que se pierde entre lo que una sueña, piensa o siente y lo que al final expresa.

 

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